En este mes de julio que pronto vamos a terminar estoy teniendo la impresión de estar cerrando una etapa.
Paseando por un centro comercial (que con este calor es la única práctica poco arriesgada que se puede hacer fuea de casa) me dió por cotillear la nueva temporada de ropa para bebés y me he dado cuenta de que este otoño/invierno tengo ya que mirar en otra sección, la ropa de bebé se queda en los 9 meses o en los 12, dependiendo de la tienda. Y me ha dado cosilla porque mi hijo seguirá siendo un bebé, por más que se empeñen, y la sección de niños de algunas tiendas ya no me gusta tanto (por ejemplo, Mothercare es una tienda que me gusta muchísimo pero la zona de bebés más mayorcitos no me va).
En algo más de un mes mi bebito tendrá que ir a la guarde. Y en algo más de dos, yo tendré que volver al trabajo. Si todo sale bien, no serán muchas horas para ninguno de los dos, pero supone un cambio importante.
Hemos cambiado a una silla de paseo de segunda edad. Segunda edad. Y tenemos que comprar una nueva silla para el coche. Grupo 1.
Mi niño se pone de pie. A todas horas, en cualquier sitio. Desde ayer, se suelta de donde esté agarrado, buscando el equilibrio sin manos (¡qué peligro!). El día menos pensado le veremos andar, le veremos hablar…
Siento que se me escapa algo. Me hace muy feliz ver su evolución pero también guardo muy buenos recuerdos de mi saquito de patatas, de ese bebito al que dejabas tan feliz en la hamaca y se conformaba sólo con tenerte cerca. ¡Qué tiernos son de recién nacidos!.
Y aunque estos meses se me hayan hecho largos, siento que, finalmente, ya he superado esa primera etapa de la maternidad, la del recién nacido, y que entro en otra apasionante, agotadora e igualmente desconocida.
Así que al sensación es agridulce. Por un lado estoy feliz y deseando seguir sus progresos y, por otra, estoy nostálgica y algo tristona.