Categoría: Maternidad

Alegría postparto

Tuve un embarazo malo en lo físico y en lo emocional. Entre mis muchas comeduras de tarro, sobre todo durante los últimos meses, me dió por pensar que yo era una buena candidata a la depresión postparto. He tenido dos episodios de depresión y ataques de ansiedad en relativamente poco tiempo, y problemas con la alimentación, todo ello junto y bien revuelto. Y un embarazo complicado de llevar, sobre todo por el tema del coco. Vamos, que me creía con todas las papeletas. Por otro lado, mis expectativas estaban altísimas. Mis ganas de tener hijos se despertaron con la mayoría de edad. Poco después rompí con una relación hiper-destructiva y aunque aquello, junto con el apogeo final del alzehimer de mi abuelo, me supuso mi primera depresión y la imposibilidad de beber ni un vaso de agua (no hablemos ya de comer), aprendí a conocerme a mi misma muy muy bien. Poniendo en orden mi cabeza, comprendí que mis prioridades en la vida iban por un camino poco común para mi edad y para la sociedad en la que vivimos (esto dará para unas cuantas entradas): yo lo que quería era formar una familia. De modo que he pasado los últimos 9 ó 10 años de mi vida soñando con tener un hijo. Tenía puestas tantas esperanzas en que eso me diera la felicidad que en más de una...

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El tamaño de la tripa no importa

También podría haber titulado esta entrada como “comentarios impertinentes, primera parte”; podría hacer una larga lista de ellos, aunque creo que ahora han descendido un poco en número, quizá porque a una madre se la respeta más que a una embarazada, no estoy segura. Durante mi embarazo tuve la suerte de no engordar más de 7 kilos. No hice nada al respecto y, de hecho, fue una gran sorpresa para mi, pues aunque no estoy gorda siempre he sido una persona con tendencia a engordar. Estaba convencida de que iba a formar parte de esas embarazadas que se ponen 20 kilos encima pero tuve suerte (supongo que para compensar otras cosas en las que no tuve tanta!). Engordar 7 kilos significa, básicamente, que te crece la tripa y nada más que la tripa. En mi caso, me vi con las piernas más delgadas que nunca, si hasta tenía rodillas y tobillos!. Pero, claro, cuando una está embarazada está deseando que se note la tripita para poder presumir de embarazo. Yo no tuve una tripa evidente hasta la semana 23/24. Los vecinos y el resto de conocidos empezaron a preguntar por el embarazo cerca ya del séptimo mes. El día antes de la cesárea, con 39 semanas, tenía una barriga que mucha gente hubiera situado cerca del séptimo u octavo mes. Cuando la gente empezaba a darse cuenta de que...

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No dormir: el cuerpo se acostumbra

Uno de los temores que tienen los padres primerizos antes del nacimiento de su bebé es el pánico a no dormir durante días, semanas o incluso meses y no poder hacer frente a tanto cansancio. Tengo la suerte de no ser una persona dormilona, al contrario que mi marido. De hecho, he atravesado etapas de mi vida en las que no he dormido más de cinco, seis horas diarias, y me encontraba perfectamente. Aún así, confieso abiertamente que desde que tengo a mi bebé he descubierto por qué se dice que dormir es una tortura china. Mi niño llora poco y cuando lo hace es casi siempre por los tremendos gases que tiene. Duerme bastante bien y casi siempre durante las horas nocturnas. Pero, a pesar de ello, nunca en mi vida me había sentido tan abrumada por el sueño y tan desesperada a la vez por necesitar dormir y no poder hacerlo. Las primeras semanas mi niño lloraba bastante por las noches, desde las 22h o las 23h hasta las 4 de la mañana, por los dichosos cólicos. Recuerdo una noche que tuve que despertar a mi marido porque, literalmente, se me caía el niño de los brazos. No sé qué sucedió a continuación porque en cuanto se hizo cargo de él, caí fulminada en la cama y no recuerdo absolutamente nada, ni siquiera escuchaba el llanto a...

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Las primeras sonrisas

Durante el embarazo leí “Embarazada”, de Kaz Cooke. El libro no me gustó demasiado, porque no entraba en materia con profundidad. Pero hay que reconocer que su lectura era amena y en muchos puntos bastante divertida. Ya en las últimas páginas habla del recién nacido como “un tipo muy serio”, refiriéndose a la cara de poker que suelen tener. En su momento me pareció exagerado, pero ya con mi hijo en brazos recordé la frase y me reí para mis adentros, dándole la razón. El bebé recién nacido tiene cara de pocos amigos. Pasa la mayor parte del tiempo con cara seria, los ojos cerrados, la boquita apretada y cuando cambia de semblante es para ponerse a llorar. Afortunadamente, la pasividad del recién nacido dura apenas unos días. Con 15 días mi hijo comenzó a sonreir cuando se sentía a gusto, normalmente después de la comida. Esta sonrisa se llama habitualmente “sonrisa angelical” y, pese a lo que puedan pensar los padres, es totalmente involuntaria, fugaz, muchas veces incompleta, y no tiene fines sociales. De hecho, la sonrisa se produce casi siempre con los ojos cerrados o entre cerrados, muchas veces durante el sueño. En muchas ecografías 4D se puede apreciar que el bebé sonríe dentro del útero de la madre. En la que le hicimos a mi bebé se puede apreciar un gesto muy parecido, precursor, probablemente, de...

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Esos primeros momentos

A pesar de que mi bebé tiene 3 meses, o quizá por eso, no he dejado ni un sólo día de recordar el día del parto y los días que estuvimos los dos ingresados en la clínica. Una de las imágenes que con más frecuencia vienen a mi mente es la de la primera vez que vi a mi hijo. O debería decir las dos primeras veces, pues estando en el quirófano le vi dos veces. La primera, nada más sacarlo. Lo curioso de la cesárea es que aunque el anestesista me fuera radiando la operación, como si de un partido de fútbol se tratara, yo no creía que de mi cuerpo fuera a salir un bebé. No esperaba que saliera nada, a decir verdad. Me dijo: “ya sale: los hombros, la cabeza, ya está fuera”. Y yo seguía pensando que no era posible. Así que cuando instantes después me levantaron un poco la cabeza para que pudiera ver ese culillo totalmente blanco me pareció una experiencia extra-corpórea. O transcorporal, no lo sé. “Mírale la matrícula, está claro que es niño, eh?” me dijo la matrona. “Por favor, me podeis enseñar la carita?” y entonces lo giraron unos instantes y apenas pude verle, completamente cubierto de una sustancia blanca, viscosa. No estaba en su mejor momento, vamos. Allí no hubo trompetas ni música celestial ni todas esas cosas que...

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