Primeros días de enero de 2010, Mayor tenía tres meses y yo no terminaba de encontrarme. Escribí, como buenamente pude con aquella confusión que me embargaba, que era raro no estar ya embarazada. Finales de mayo de 2012, Bebé a punto de cumplir un mes de vida: estoy en las mismas.

Si me preguntaran cuál es la etapa más complicada de la maternidad contestaría que, al menos para mi, ha sido el postparto. Incluso después de un embarazo tan malo como el del Mayor, creo que el postparto es el momento más delicado, por la cantidad de cambios que se producen a nivel físico, a nivel emocional, por el gran cansancio que se tiene, por la necesidad de adaptarse a una circunstancia vital completamente distinta y que supone una gran responsabilidad.

Al margen de una cierta tristeza postparto que estoy pasando ahora y que no pasé en su momento, siento que en gran medida estoy repitiendo todos aquellos sentimientos que, aunque ya conocidos, no dejan de ser desagradables.

Por un lado, físicamente ni me reconozco ni me gusto.

En este embarazo engordé unos 8-9 kilos, de los cuales me faltaría por perder unos 2-3. Aunque la pérdida de peso que debería conseguir para volver a mi ser es pequeña, mi cuerpo es otro completamente distinto y me acompleja, por más que sepa que con el tiempo todo volverá, más o menos, a su sitio. Tras la cesárea, es decir, tras mi tercera intervención uterina, me ha quedado un escalón entre la tripa y la cicatriz que da grima verlo. Unido a la tripa fofa, inflada y colgona, tengo que seguir llevando pantalones pre-mamá y con casi ninguna camiseta puedo disimular este pseudo-embarazo de pocos meses.

Aunque nunca he tenido ese brillo de embarazada del que tanto se habla, si es cierto que en ambos he notado la piel más luminosa y sin granitos y el pelo limpio por más tiempo. Pensaba que eso se me conservaría mientras lactara, pero lejos de la realidad, vuelvo a tener un pelo y una piel poco agradecidas. Si le unimos la falta de tiempo para pasar por chapa y pintura, la mayoría de los días prefiero ni mirarme al espejo.

Vamos, que me siento deforme, fea y poco deseable. Último punto también muy importante por lo que afecta a mi autoestima como mujer.

En el plano emocional, y dejando a un lado que esta vez no me siento la alegría de la huerta, sigo en periodo de adaptación. Antes de dar a luz tenía una identidad y ahora necesito forjarme otra, que será parecida a la primera, pero nunca igual. Es más, la adaptación ahora es más importante, porque no nos implica solamente a los padres, sino también al Mayor, y es un cambio que está costando. En tanto no consiga encontrar mi nuevo yo, en tanto mi familia no alcance un estado de normalidad, me seguiré sintiendo fuera de lugar: una sensación muy extraña.

Por supuesto que asoma por ahí también la culpa. Culpa por la comparación constante e inevitable que hago con mi experiencia con el Mayor, radicalmente distinta, y que me entristece. Culpa por no disfrutar de este momento como pienso que debería (odiosos debería). Culpa por no saber cómo ayudar al Mayor a encajar el destronamiento.

Esta vez cuento con la ventaja de que se que todo esto pasará y que es cuestión de tiempo, aunque me lo tenga que repetir un millón de veces diarias. Y no sé si es buen o mal consuelo, pero el hecho de estar disfrutando de la lactancia me está ayudando muchísimo, son los mejores momentos del día, incluso durante la enésima toma nocturna.