Definitivamente, ni mi marido ni yo somos playeros y el niño parece que va por el mismo camino.

Yo me veía ya tirada en la arena, rebozándome con el niño, haciendo castillos y recogiendo conchitas, ajena al asco que me da la arena, la crema solar y las algas del mar, en definitiva, haciendo de tripas corazón, pero una vez me he visto en la orilla del mar reconozco que apenas puedo. ¿Me volvió más escrupulosa la maternidad?. Es que me veo cubierta de arena, que no sé qué tiene la crema factor 50 (¡ya hablaré de ella!), pero es que es increíble cómo se pega al cuerpo, y ¡me da un asco!. ¡No puedo evitarlo!.

Las primeras tomas de contacto del niño con la playa están siendo… contradictorias.

El primer día le llevamos a pisar la arena, ya por la tarde-noche y su primera reacción creo que fue la más habitual. Se quedó clavado en la arena y no quería moverse. Nada más que levantaba los brazos y decía “upa” para que le cogiéramos. Sin embargo, empezó a corretear por las maderitas estas que hay en todas las playas, que salvan un buen trozo de arena, y poco a poco se fue confiando. Le acercamos a la orilla del mar y pasamos un rato agradable mojándonos los pies con las olas.

A la mañana siguiente pensábamos que el asco ya estaría superado pero sólo a medias. No le gusta la crema, no me extraña. Pero lo que menos le gusta es la arena, sobre todo en las palmas de las manos. En cuanto se mancha, protesta y viene corriendo a limpiarse en nosotros o en la toalla. Tanto asco le da que todo el rato juega de cuclillas, no quiere sentarse. Me recuerda a mi, mis padres dicen que a mi me daba tanto asco que en cuanto fui un poquito más mayorcita, me quitaba el bikini y lo lavaba en un cubito para quitarle la arena. ¡Me lo creo!.

En cuanto al agua del mar, me temo que no le entusiasma. El juego de las olas le hace gracia siempre y cuando la tierra no se hunda bajo sus pies cual arenas movedizas. Cuando esto ocurre enseguida lloriquea, claramente le da miedo. Hoy hemos probado a bañarnos los tres más adentro, saltando las olas y creo que le hacía más gracia por nuestros saltos y gritos que por el hecho en sí.

Los juegos de los cubitos y la arena sí le entretienen pero un ratito nada más. Lo suyo es destruir en plan Godzilla. Mi marido hace una torre o una muralla y él va corriendo y se lo carga con el pie o con las manos. ¡Eso sí que le hace gracia!. Hoy a última hora ha empezado a colaborar llevando arena con sus manos para llenar el cubo o la hormigonera, esperemos que en un comienzo de superar sus escrúpulos.

De todas formas, tampoco aguanta mucho rato. Estamos bajando sobre las 10 y volvemos al hotel a ducharnos y comer sobre las 12. Creo que es una hora excelente porque hay relativamente poca gente y el sol no pega tan fuerte. Además, el nene se niega a ponerse gorro, no hay forma, por lo que el poquito rato que está al sol le da directamente en la cabeza y más tiempo me parece excesivo. Está acusando el cansancio, creo que la playa y la piscina son dos sitios que cansan mucho y a las dos horitas se empieza ya a notar que quiere irse a descansar.

No puedo decir que la playa haya sido un éxito para el niño pero tampoco puedo decir que sea un fracaso porque se ve que le llama, de ahí que aún me sienta un poco confundida y no tenga claro si le guste o no. Ayer por la tarde fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo y no hacía más que insistir en volver a pisar la arena. ¡Ojalá pudiera explicarnos qué le gusta y qué no!.

En fin, y yo en la sombrita el mayor tiempo posible, con las gafas de sol siempre puestas porque ya no consigo estar sin ellas, y diciéndole a mi marido si podemos esta tarde comprar unos guantes y mañana bajar con ellos… ¡Soy de secano, es tontería disimularlo!.