Después de que ayer cayeran chuzos de punta, hoy ha amanecido un día bastante apañado (de esos con un sol que engañan, porque el aire es muy fresco) y nos hemos animado a ir a Faunia.
Para nosotros esta excursión tenía un valor especial. De novios una de nuestras excursiones habituales de todos los años ha sido el Zoo y Faunia por lo mucho que nos gustan los animales y estábamos deseando repetir la experiencia, esta vez siendo tres. Hemos estado esperando el momento ideal pues la entrada es muy cara y realmente queríamos que el niño pudiera enterarse de algo. Por desgracia, no es un sitio donde económicamente se pueda ir todos los días (y sacarse el bono, de momento, no me parece una opción).
Como experiencia, no ha estado mal, pero tenía mayores expectativas, lo reconozco. El paseo ha sido muy agradable, al sol se estaba estupendamente, no había demasiada gente y los animalitos, como siempre, muy entretenidos. Pero (y aquí viene el pero) al niño lo mismo le ha dado estar aquí que estar en otro sitio. Se lo ha pasado muy bien corriendo porque había mucho sitio donde correr y trepando por las rocas en cuanto podía, subiendo y bajando escalones… es decir, muy bien con el entorno y los escenarios. Ahora, lo que se dice mirar a los animales, más bien no. La zona de la granja es la que más le ha gustado, no sé si porque son animales que probablemente ya conozca de enseñárselos mil veces en papel o porque es la zona donde más se podía interactuar. El poni es el que más éxito ha tenido, seguido de las cabras.
El resto de los animales, ni caso, le gustaba mucho más el entorno que el animal en sí, no digamos las cortinas esas de plástico grueso y flexible que tienen en todos los habitats cerrados. De los animales que no se movían (por ejemplo, los cocodrilos), no creo que se haya percatado ni de su existencia.
A las 13h nos hemos sentado a ver un espectáculo… y nos hemos tenido que salir. Al nene eso de estar sentado no le gusta ni un pelo si no hay entretenimiento y las aves rapaces le interesaban cero patatero. Así que diez minutos más tarde nos hemos tenido que salir para evitar un perraque que era inminente. 
Harto ya de tanto bicho y con signos evidentes de sueño, hemos decidido volvernos a casa y, como era de preveer, se ha dormido en el coche.
Como digo, no ha estado mal, pero sigue siendo muy pequeño. Probaremos el Zoo la próxima vez, quizá allí con otro tipo de animales y más posibilidades de interacción lo disfrute más.