Ayer por la tarde tuve que salir un rato de casa yo sola. Cuando me fui a despedir del bebito fui ignorada como de costumbre:
Bebito, que me voy, ¡adiós!.
– …
Gordis, que mami se va, dame un besito.
– …
Cariño, que te estoy hablando, ¿ni me vas a mirar?.
– …
Pues no, ni me miró, tenía puesta la escucha selectiva en modo on y que yo me fuera no le preocupaba lo más mínimo, tan entretenido que estaba con su libro de cartón.
Sin embargo, a la vuelta, abro la puerta y escucho a mi marido que le dice: ¿quién viene?. Entro en la habitación y en cuanto me ve se pone súper contento y lanza los brazos hacia mi. Mi marido le retiene y yo le digo: ¿ahora si te alegras de verme? ¿me das un besito?
Un besito no, un millón de besitos. En brazos de su padre, le arrimé la cara y me comía a besos. Yo daba grititos de alegría y aplaudía cada vez que me daba uno y él feliz, riéndose a carcajadas y hasta sujetándome la cara para traerme hacia él y seguir dándomelos.
¡Ayer babeé como nunca!.
PD. Pobre mi marido. Luego le decía: oye, y ¿para mi no hay ninguno?. Nada, no hubo forma, el bebito sólo me da besos a mi y cuando quiere. ¡Así son!.