En algún momento nos llegamos a quejar de lo inquieto que era Mayor pero al poco llegó Bebé con sus ansias por crecer y una agilidad, rapidez y habilidad impropias de su edad y nos hizo ver lo que realmente es un niño travieso.

De pequeña me encantaban Los Picapiedra y muchas veces me acuerdo de Bam Bam. Bebé es chiquitito pero rápido como el rayo, con un cerebro diseñado para la trastada, hábil trepando por los sitios más complicados, ágil para alcanzar cualquier cosa, para estirarse, para abrir cajones, puertas, tapones de rosca o cualquier otro impedimento que se le ponga de por medio, fuerte para levantar cosas que pesan casi tanto como él y duro para apenas llorar tras un golpe. Bebé, con sus ojos azules, su cara angelical y su aparente timidez, es una fierecilla.

Ocurre, como es natural, que por mucho que Bebé esté dotado para lo físico no deja de tener la edad que tiene. Y como su imaginación para las trastadas sigue progresando, no hay día que no de las gracias a ese Angelito de la Guarda que tiene cerca por no haber tenido que pasar todavía por Urgencias a pesar de haber estado cerca muchas veces.

Si Mayor era el niño de los chichones, Bebé es propenso a sangrar. Por la boca, por la nariz, a borbotones (la sangre es tan escandalosa, además…) Hace unos meses de un golpe se mordió y se hizo una hendidura tremenda en la parte interior del labio inferior, quizá ese ha sido el accidente más importante que ha tenido porque no conseguíamos cortar la sangre hasta que le puse a la teta (bendita teta que hasta corta las hemorragias).

Como madre extrañamente poco aprensiva, lo que más me preocupa de Bebé es su tendencia a meterse cualquier cosa por cualquier orificio. A la que te has despistado mínimamente se ha metido por la nariz lo primero que tuviera a mano: papel, trozos de pinturas, comida, bolitas de poliespan, el palo de un chupachups… Eso sin contar que durante la comida casi cualquier cosa es posible, como aquella noche que decidió estamparse en el oído un boquerón frito y luego empujarlo para dentro. O el día que se metió en la boca unas pegatinas con relieve de su hermano y una de ellas se le quedó pegada en el paladar tan atrás que pasamos un par de minutos angustiosos para quitársela. Confieso que ese día fui yo la que casi acaba en Urgencias, por un momento vi mi vida (su vida) pasar por delante.

Me recuerda tambén al niño de la peli One Fine Day, el hijo de Michelle Pfeiffer, un niño monísimo y adorable pero con la misma tendencia exploradora de orificios que acababa en Urgencias con una canica (o dos) en la nariz. Afortunadamente nosotros no tenemos canicas en casa.

Supongo que forma parte de la alta demanda. Si a ningún niño se le puede dejar solo, a Bebé es que ni estando tu delante puedes bajar la guardia. Porque además poca cosa hay que se pueda hacer para evitarlo; a pesar de haber subido en casa tantas cosas a lo alto que tengo todo el nivel del suelo casi vacío, cualquier tontería resulta potencialmente peligrosa para un bebé sin miedo y cada día más hábil con todo aquello que aparentemente está fuera de su alcance.

Cruzaremos los dedos para que este bebé tan travieso no termine pasando por Urgencias.

Foto | rik en Flickr CC