Como comentaba al explicar el sustazo que pasamos cuando Bebé se perdió en un centro comercial el Día del Padre, con él nunca hemos estado tranquilos. Con un bebé que desde el principio no ha querido ser bebé y al que además la habilidad física le permitía llevar a cabo trastadas inimaginables en su hermano, la inquietud ha sido constante desde que comenzó a desplazarse (con 5 meses más o menos). Desde entonces no ha parado de jugarse el tipo.

Lo cierto es que a sus ansias por convertirse en un niño y hacer cosas de mayores normalmente le había acompañado bastante prudencia. Así que habíamos tenido sustos pero sustos que habían quedado casi siempre en nada. Sin embargo, no sé si porque está perdiendo prudencia o porque ha ganado en confianza o porque en algún momento tenía que pasar que se diera todas las leches que no se había dado anteriormente o por todo esto junto… el caso es que en el último mes ha tenido golpetazos bien gordos entre los que podemos incluir caerse de cabeza del sofá, tropezar y clavarse el pico de un mueble justo en la zona de la cuenca del ojo más cercana a la nariz y, muy especialmente, el accidente que voy a relatar a continuación.

El primer día de vacaciones de Semana Santa los llevé al parque por la mañana. A la vuelta, le pidió el patinete a su hermano a cambio de su moto. Hicieron el cambio y un segundo después se tiraba por una rampa muy pronunciada y larga que tenemos camino de casa y que acaba en apenas un metro con un bordillo súper alto.

Fue una décima de segundo, imposible reaccionar para detenerle. Cuando vi que se iba a estampar ya rodaba a toda velocidad por la rampa. Eché a correr sabiendo que el golpe iba a ser tremendo.

Cuando llegué abajo él ya estaba de pie sangrando como en una matanza. Sangraba por la nariz y sobre todo por la boca. Por la boca sangraba a borbotones, se atragantaba con su propia sangre.

Afortunadamente Bebé es muy sereno para estas cosas y aunque lloraba conservaba la calma. Le indiqué que se inclinara un poco hacia delante para que la sangre fuera cayendo al suelo mientras sacaba algo de la mochila con que poder parar la hemorragia. Pero entre los nervios y que había sangre por todas partes no atinaba a sacar nada, sólo unas toallitas húmedas que no me servían para esto.

Estuve a punto de llamar a una ambulancia. Sangraba tanto, era tan aparatoso, su cara tenía tan mal aspecto… y yo no tenía medios en la calle ni tampoco sabía qué hacer para parar la hemorragia (a todo esto habíamos bajado al parque con moto, patinete, bolsa de juguetes de la arena y mochila para las botellas de agua, vamos, que iba poco cargada).

Finalmente paró una señora (hay gente buena por el mundo), que me dejó un paquete de pañuelos de papel. De verdad que cuando le metí la mano en la boca para detener la sangre no sabía si iba a sacar un puñado de dientes. Había tanta sangre que no podía ver nada.

La inflamación fue inmediata, la nariz se le deformó de tal manera que tenía un orificio mucho más elevado que el otro. Le tuve que preguntar a la señora si creía que se la había roto porque a simple vista lo parecía y estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer.

Poco a poco fue sangrando menos y entonces decidí tirar para casa arrastrando todos los bártulos. Al llegar Mayor me ayudó trayéndome una toalla, guardando las cosas, consolando a Bebé… Me sorprendió la serenidad de ambos.

Los labios se le pusieron tremendos, no podía cerrar la boca del todo así que las primeras 24 horas se las pasó babeando restos de sangre. Además, de las raspaduras que tenía por la cara y los labios cada vez que movía la boca volvía a sangrar. Se le inflamó tanto el moflete que por ese lado de la cara parecía que no tenía puente en la nariz, además con cada agujero a una altura diferente. Vamos, que la cara se le puso que parecía un boxeador.

En los siguientes días la inflamación fue hacia arriba. Es decir, según se le bajaba de la boca le iba subiendo hacia el ojo, así que al tercer día amaneció con el ojo medio cerrado.

Por suerte, la capacidad de recuperación de los niños es asombrosa y en 4-5 días estaba muchísimo mejor e incluso se le había caído la gran costra que se le formó con las raspaduras.

Ahora mismo tiene todavía señal donde estuvo la costra, alguna zona ligeramente azulada y la nariz todavía no la tiene igual por ambos lados, la tiene un poco torcida aún. Probablemente alguien que no le conozca pensará que está normal pero todavía no está como estaba.

A pesar de todo, Bebé ha tenido muchísima suerte. En vista de que las heridas estaban en un solo lado de la cara, creo que intentó girar para no chocar con el bordillo y cayó lateralmente. Si hubiera chocado con el bordillo hubieran podido pasar dos cosas: que hubiera salido volando o que hubiera caído de frente contra el mismo. Se podía haber abierto la cabeza perfectamente.

Con tantos incidentes en tan pocos días, confieso que ando con cierta tensión. No quiero transmitirle a mis dos hijos mis propios miedos así que me está costando mucho no decir el típico “que te vas a matar” cada cinco minutos que paso con ellos. Lo voy sustituyendo por un “cariño, te recuerdo que el otro día te caíste, te hiciste mucho daño y te salió muchísima sangre, me preocupa que pueda volver a pasarte lo mismo” pero me está costando. A juzgar por el puñado de canas que me han salido de enero para acá, si seguimos así acabaré con el pelo blanco antes de que termine el año.

Foto | Valentina Yachichurova en Flickr CC