Desde hace unas pocas semanas Bebé está durmiendo en su cama, en su habitación.

El colecho, nuestro segundo colecho como padres, parece haber llegado a su fin.

Al igual que ocurriera con su hermano Mayor, no habíamos percibido señales previas. De hecho, Bebé estaba en una nueva fase de súper apego materno solo-mamá-y-no-sin-mi-teta y algunas noches habían sido de enganche tetil constante. Sí que es cierto que ya hace varios meses que las siestas se las estaba echando ya allí, empezando con pecho pero luego continuando solito. También que algunas tardes se había quedado dormido en el sofá después de comer Y es cierto también que yo sospechaba que muchas noches le molestábamos al entrar y salir de la habitación o dando vueltas en la cama y que quizá despertaría menos si estuviera solo en una habitación. Pero para nada le veía preparado para tomar esa decisión y, como ya he comentado aquí en varias ocasiones, no teníamos intención de invitarle a ello.

Casi repitiendo la escena que vivimos dos años atrás con su hermano Mayor, una noche a principios de octubre Bebé (29 meses) dijo que quería dormir en su camita. Esto ya había pasado alguna vez anteriormente pero se había arrepentido antes de quedarse dormido o bien en el primer despertar, que además se había producido al muy poco de dormirse, como si acostarse en un lugar extraño le impidiera dormir. Sin embargo en esta ocasión permaneció en su cama durante toda la noche, simplemente llamándome tranquilo, sin llorar, cada vez que despertaba para que le diera un poco la tetita y seguir durmiendo.

Para mi la primera noche fue criminal. No es lo mismo dar la teta en la cama que levantarte, caminar por el pasillo, meterte en su cama a darle el pecho, esperar despierta a que caiga de nuevo (pongamos 20 minutos de media) y retomar el camino hacia mi cama. A la mañana siguiente me encontraba francamente mal. De hecho, no soy capaz de recordar qué día exacto ocurrió todo esto (mientras que sí recuerdo el día en que lo hizo su hermano).

Quizá lo verdaderamente milagroso, lo que casi no me atrevo a decir en voz alta por si se estropea la magia, es que Bebé ha empezado a dormir mucho mejor. Porque a mi que duerma con nosotros o en su habitación me daba bastante igual, pero que se despierte menos veces… ¡eso cambiaría mi vida!

La segunda noche y siguientes empezó a despertarse menos veces. De unas 5-6 veces de media pasó a unas 3 veces, siendo el cuarto despertar ya el de levantarse. Luego tuvimos un retroceso grande porque hemos estado todos malos, con fiebre, y durante varias noches volvimos a los despertares cada 45 minutos que tan bien me conozco.

Lo mejor, lo realmente increíble viene ahora: tras recuperarse de la enfermedad, poco a poco ha ido prolongando los ciclos de sueño y llevamos dos noches con un único despertar. Desde las 21.30h hasta las 05.30h la primera noche y desde las 22h hasta las 06.30h esta última noche.

No me atrevo a aventurar lo que pase en adelante, no sé si esto es definitivo, pero parece claro que Bebé ha entrado en una nueva etapa y aunque sin duda habrá retrocesos, todo lo que nos queda por ver son avances hacia el niño en el que se está convirtiendo inexorablemente.

Foto | Gordon en Flickr CC