No me parece mala comparación decir que mi niño es como Bam-Bam, el de la serie de Los Picapiedra. Hace muchos años que no veo los dibujos, pero aún me acuerdo de lo brutito que era el niño, de las cosas tan asombrosas que hacía y de lo diferente que era a Pebbles, niña buena donde las haya.
Así estamos. En casa nos subimos por las paredes, la persecución dura todas las horas que esté despierto. Él de mal humor y yo con peor leche según van pasando las horas. En la calle no nos va mucho mejor. Aunque pueda parecer que en una zona abierta, y más si está especialmente pensada para niños, no hay problema, él siempre lo encuentra. Eso si no se larga pitando de dónde estemos, dirigiéndose siempre a lo que haya más peligroso cerca: una carretera, varios escalones, la entrada de un garaje, un local abierto…
La gente se lo pasa bomba. No hay nada más divertido que un niño cabrón rebelde dejando a la altura del betún a su madre. Si a esto unimos que la madre va empujando tontamente el carro vacío al lado (para luego a la vuelta no cargar 11 kilos durante 100 metros en pendiente) y también lleva a la perra de la correa, mejor que mejor. Así, de paso, puedo ir escuchando comentarios despectivos, de esos que se dicen bien altos para que yo los escuche.
A pesar del mal tiempo que estamos teniendo todas las semanas, en los pocos ratos de sol ya he tenido comentarios y situaciones de lo más agradables. Gente que le dice al niño “tu madre ya no te quiere” simplemente porque no le recojo del suelo la enésima vez que se sienta llorando porque no quiere seguir mi camino. O gente que le jalea cuando se da media vuelta y no me hace ni caso. “mucho bebito, mucho bebito, pero pasa de ella olímpicamente“. O gente que nos amenaza a ambos con la guardería, como cura universal de todos los males: “a ver si tu madre te lleva ya de una vez a la guardería, que ya eres muy mayor“.
Creo que el concepto vamos a bajar a la calle para que gaste energías, de momento, no funciona. La que más gasta energías soy yo, él gasta sólo media batería y encima vuelve frustrado porque no le he dejado abrirse la cabeza.
¿Hacen mella estas situaciones?. Los comentarios me resbalan. Ya apenas me pongo de mala leche. Pero la situación en si sí que me hace mella. Depende del día, claro, pero sí que tengo días que pienso que todo va mal, que no soy capaz de controlarle, que no voy a ser capaz de tener otro hijo y cuidarlos a los dos a la vez sin que alguien me ayude, que nadie puede comprender lo agotador que es nuestro día a día… Y, sí, incluso algunas veces tengo pensamientos muy malos, de esos que todos tenemos y pocos confesamos, de esos de los que uno luego se arrepiente profundamente, como, por ejemplo, preguntarme por qué me ha tocado a mi un niño así de inquieto y desear que sea de otra manera, incluso enfadarme con él por darme tanta guerra (para a continuación pedirle perdón ipso facto), incluso tener ganas de darle un cachete. Sí, hay momentos en que a uno se le pasa de todo por la cabeza.
¿Lo bueno?. El ejercicio de paciencia y sangre fría al que me somete a diario. Yo antes no era así. He sido siempre una persona impulsiva, de sangre muy caliente, capaz de pasar de la paz al cabreo y vuelta a la paz en 5 segundos. Y ahora no. Ahora tardo mucho más en irritarme, hay cosas que ya ni percibo y, aunque me pongo nerviosa, aún no he perdido nunca los estribos. Cuando siento que todo se desmanda y voy a perder la cabeza, cuando me vienen esas malas ideas a la cabeza, le cojo y le siento en el carro aunque sea llorando, con toda la calma que puedo, o me lo meto debajo del brazo (en plan monedero sobaquil) y tiramos para casa. Nada más…
Sí, algo más, luego vengo aquí y me desahogo. ¡Menos mal!.