Estoy teniendo una semana chunga en lo que achaques se refiere. Desde el lunes estoy con jaqueca, el martes me estuvo doliendo la garganta y hoy he añadido tensión baja (con sus consiguientes mareos), dolor de cervicales, ligera molestia en los oídos y unas decimillas esta tarde-noche. De ahí que haya tenido muy poquitas ganas de ordenador y me haya pasado bastante poco por otros blogs y menos por el mío.
No lo digo a modo de excusa total, pero algo ha tenido que ver con el hecho de que a mediodía se me ha caído el tarro de la comida de mi bebito al suelo y se me ha roto. Hemos tenido que comer fuera y me he llevado, como suelo hacer, su puré casero metido en un tarrito de cristal de 250 gramos, tarritos que reciclo de los potitos de fruta que a veces le doy. No es que me gustara demasiado el sistema porque no suelen cerrar demasiado bien las tapas y porque ya me había planteado que al ser de cristal se me podían romper pero por pereza no me he comprado un papillero decente. 
Ver estrellada su comida en el suelo me ha dado una rabia tremenda, me he sentido fatal conmigo misma, sobre todo porque si no se me caen 5 cosas al suelo diariamente es que no se me cae ninguna. ¡Lo mío es de traca!. Encima era tarde y el bebito andaba ya algo impaciente (porque estas cosas nunca pasan en casa, donde puedes volver a hacer un puré, o cuando todavía es pronto y puedes permitirte pensar más alternativas).
Así que mi marido ha tenido que coger el coche y dirigirse al supermercado más cercano a comprar algún potito industrial con el que salir del paso. En vez de comprar uno ha comprado tres: arroz con merluza, arroz con pollo y ternera con zanahorias. Para que tuviera yo donde elegir (y así minimizaba el riesgo de traer algo que a mi no me gustara, ¡que lo se yo!).
Abro el tarro de arroz con merluza. Aquello era una plasta tremenda. Lo caliento en el micro, lo remuevo… Puff, seguía pareciendo engrudo y además olía bastante fuerte. Mi niño nada más verlo puso cara rara y no quería abrir la boca. Una cucharada y cara de asco total, incluso arcadas. Y a continuación boca cerrada, para que no entren purés asquerosos.
Bueno, pues vamos a abrir otro. Mejor el de ternera con zanahorias, que al no llevar arroz se supone que será menos espeso. Efectivamente, tenía mejor pinta, más suave de textura, pero igualmente olorosillo. El bebito nada más ver el plato pone cara de “me traes lo mismo pero con otro color, tonto no soy, esto te lo vas a comer tu“. Giros de cabeza en todas direcciones, arcadas varias. Mi marido decide ayudarme sujetándole las manos y haciéndole reir, para que aproveche que abre la boca para meterle una cucharada. A la tercera cucharada y tras varias arcadas, empieza a empujar la comida con la lengua. Ahí decidimos dejarlo, no somos partidarios de obligar a un niño a comer a la fuerza y menos si es algo que por sabor o textura no le gusta.
Pero, claro, tampoco era plan de que se quedara sin comer porque era evidente que tenía hambre y estaba lloriqueando. Descartados los potitos industriales, sólo quedaba darle a baby gourmet un buen mendrugo de pan, que no falla. Y, efectivamente, el pan sí, un buen par de trozos, despacito, para dentro.
Después de comer nos volvimos a casa rápidamente para darle una merienda en condiciones y se zampó en 5 minutitos un puré de una pera, una manzana, un plátano, una naranja, tres galletas maría y dos cacitos de cereales. ¡Rebosaba el plato!.
Para que luego algunos se crean que porque son bebés son tontos. Anda que no distingue mi hijo entre el rico puré casero y el puré de bote, que ha preferido quedarse casi sin comer antes que comérselo. ¡Hoy hemos confirmado que tenemos un pequeño gourmet en casa!.
PD. Definitivamente voy a comprarme un termo papillero, un cacharro de acero inoxidable que conserve el calor y sea irrompible y no se salga. Esto de llevar botes de cristal estaba claro que no era buena idea. Así que sería estupendo si teneis sugerencias de marcas y/o modelos, he visto unos muy chulos en la tienda online de kukuxumusu pero no sé qué tal.