Como mamá que ha dado biberón, siempre he rebatido a quienes insistían en la peculiaridad del vínculo que se creaba a través de la lactancia materna.

El estar viviendo ahora una lactancia materna exclusiva absolutamente feliz me hace pensar mucho sobre este tema, pues siempre estoy abierta a cambiar de opinión y, si es necesario, rectificar.

Por vínculo entiendo la relación especial que existe entre un hijo y su madre, el entenderse con la mirada, el amor incondicional, el estar el uno por el otro hasta la médula…

Y, entendido así, sigo creyendo que no existen diferencias entre los alimentados de una forma y los alimentados de otra. Desde luego que la lactancia materna es un momento increíblemente especial, íntimo, del que casi noto que saltan chispas. Es una conexión que lamentablemente no existe con el biberón ni podrá existir nunca pero desde mi punto de vista no lo es todo.

Para mi, maternar es un conjunto inmenso de situaciones cotidianas, unas muy relevantes y otras más banales, desde cómo atiendes a tu hijo por las noches cuando se despierta hasta las caricias que das a tu bebé, el amor con el que le cambias el pañal, la suavidad con la que le hablas mientras le cambias de ropa… Y esto hace que el resultado final del vínculo pueda ser maravilloso en una mamá que no lacta y una auténtica patata en una mamá que lacta pero que a continuación no vuelve a conectar con su hijo hasta la siguiente toma.

Dicho esto, sí tengo que resaltar que he notado una diferencia importante entre mis dos hijos en cuanto a su apego hacia mi, al menos en este periodo que vivo ahora de sus primeros meses de lactantes.

Mi hijo mayor se consolaba igual en mis brazos que en los brazos de su padre o en los de cualquier otra persona. Necesitaba afecto, como todos los bebés, pero lo importante no era tanto de quién sino cómo.

En cambio, mi hijo pequeño sólo quiere estar conmigo. Eso no significa que no quiera pasar un rato en brazos de su padre o de sus abuelos, pero para estar a gustito con ellos y sonreirles necesita tener todas sus necesidades cubiertas previamente conmigo.

Al menos en mi caso, sí creo que la lactancia materna influye en la forma en la que el apego entre nosotros se está desarrollando. Bebé sabe que soy su madre y que soy distinta a los demás porque yo puedo amamantarle, porque mi pecho es más que alimentación: es consuelo, refugio, tranquilidad… Por eso, ante cualquier necesidad de mimos, dormirse, gases que le molestan, estrés ambiental demasiado fuerte, quiere refugiarse en mi y no en los demás.

¿Habéis tenido una experiencia similar? ¿Creéis que mi teoría está bien encaminada o es casualidad?. Me encantaría que me contárais.