Tenía el convencimiento de que los antojos eran invenciones de las películas americanas, en las que casi siempre las embarazadas quedan retratadas como mujeres histéricas y caprichosas. La experiencia durante el embarazo de mi hijo me dió la razón: no sólo no tuve ni el más mínimo antojo sino que se me cortó el hambre radicalmente y pasé de disfrutar comiendo a soportarlo como una obligación pesadísima, que se me hacía muy cuesta arriba. Sin embargo, haciendo uso del ya conocido “cada embarazo es distitinto”, esta nueva experiencia está resultando totalmente opuesta: tengo hambre de manera constante, incluso aunque acabe de terminar de comer, y estoy sufriendo antojos a todas horas.

El verbo adecuado para los antojos es, sin duda, sufrir. Porque si a las tantas de la madrugada te asalta un hambre irrefrenable de paella, difícilmente vas a poder satisfacer el deseo. Además, yo no tengo un marido de esos de película yankee que saldría corriendo fuera la hora que fuera a comprarme lo que le pidiera, ¡menudo es él cuando duerme!, ¡me mandaría a hacer puñetas!.

¿Los antojos son siempre de comida poco recomendable?. Lo que el cuerpo me pide a gritos son grasas, fritos, cosas con mucha salsa. Por ejemplo: churros, una receta de mi madre que se llama pastel inglés que es una bomba calórica, unos croissants que compramos en el barrio que están recién hechos y casi son mantequilla pura, croquetas, empanadillas, kebap, paella, chopped, salchipapas, una cosa nueva que han sacado en el KFC que chorrea salsa barbacoa, comida mexicana, chorizo en todas sus presentaciones posibles… Vamos, lo único sano que se me ha antojado han sido unas manzanas Granny Smith porque el cuerpo me pedía algo ácido.

Y no sé si va asociado con los antojos o es casualidad, pero con la misma intensidad le estoy tomando manía a comidas que en algún momento me han apetecido mucho. En las primeras semanas me compré unos melocotones, por aquello de comer algo de fruta. Al cuarto o quinto melocotón les he cogido una tirria que ya no soporto ni el olor. Lo mismo me ha pasado hace unos días con unos calabacines y berenjenas que compré para hacer pisto: cada vez que pienso en prepararlo me da un revoltijo de estómago…

Aisss, ¡pero qué buena pinta tiene el kebap de la foto!…