En varios andenes del metro de Madrid han puesto estos carteles:
Según la información de la web de la Comunidad de Madrid, la madre que haga esta llamada será atendida por un equipo que recojerá inmediatamente al bebé que quiera ser entregado en adopción.

 

Hablando de este asunto con mi marido, me he enterado de la existencia de las baby box: unas cabinas donde dejar al bebé, vigiladas con cámaras las 24 horas, que permiten abandonarlo en condiciones de seguridad sin temor a ser identificadas. Al parecer, estas cabinas existen ya en varios países, como en Bélgica o Japón. En la Comunidad de Madrid se barajó su introducción a finales de 2008 pero el asunto debió quedar en agua de borrajas porque no he encontrado información alguna sobre si finalmente se han instalado o no. 

En un principio pensé que me estaba tomando el pelo, la historia parecía un remake de los tornos de las monjas de clausura en versión 2.0… Pero habiendo comprobado que el invento existe, y con muchas reservas sobre su funcionamiento, no me parece mala idea.

Por desgracia no vivimos en un mundo idílico en el que todas las madres se enamoran instantáneamente de sus hijos nada más parirlos. Parece increíble, ¿no?. Me cuesta mucho comprender que una mujer pueda sentir tal repulsión hacia su hijo que decida matarlo o dejarlo en la calle tirado, habiendo opciones como la adopción. Tampoco comprendo por qué tanta obsesión con el anonimato.

Si la instalación de estas cabinas o de cualquier otro protocolo puede hacer sentir lo suficientemente cómoda a una de estas mujeres como para tomar la opción correcta, bienvenido sea. 

Ahora, prefiero no pensar en la imagen del bebé, depositado en la cuna, despidiéndose sin saberlo de su madre para siempre, ¡qué nudo se me pone en la garganta!… Prefiero pensar en la alegría con la que lo recibiran otros padres, que le darán el amor que no ha podido recibir de los suyos.