Después de haber vivido uno de esos momentazos que pasan a la historia de una familia, mi perra vio vía libre para sus demostraciones de afecto al bebito. Hasta ese día se había retenido bastante, en parte por su instinto (¡qué listos son los animales!) y en parte porque mi mirada lo decía todo. Primero miraba al niño, luego a mi y entonces dejaba la efusividad para otro momento. Pero desde aquel día vió que aquello estaba bien, que con cuidadito ya estaba permitido darle besitos al niño y la hicimos feliz.
Desde ese momento es la sombra del bebito. Nunca pensé que pudiera caminar con la correa al lado del carro, pues bien, sólo deja de tirar cuando los llevo a ambos a la vez, trotando al ladito del carro como si César Millán acabara de adiestrarla.
En casa es un amor ya por demás. La cosa empezó, aún lo recuerdo, cuando volvíamos de la calle con el capazo y se acercaba al carro moviendo el rabo. Ahora no hay cosa que más le guste que pongamos al niño en el suelo, para irle siguiendo según va reptando y, si puede, pegarle un buen repaso a lametones. Parece que le hemos puesto un velcro en el lomo, porque van pegados. Y si él se tumba a tocar todos los botones del Imagenio, del disco duro y del DVD, pues ella se tumba al lado y, si puede, en sus piernas.
Tanto amor, tanto amor, que ya la estoy enseñando, cuando me acuerdo, a colocarse en su colchoneta y no moverse, al menos un ratito, porque el niño ya hay veces que la mira con cara de ¡¡por favor, déjame un poquito de espacio vital!!, que no es la primera vez que se gira repentinamente, la pilla desprevenida y acaba con el rabo en la cara.
Este amor perruno me tiene derretida.