Poco a poco mi hijo va siendo más cariñoso, aunque casi todos sus gestos de cariño se los guarda para la noche.
Desde que dormimos juntos, es habitual que mientras se está quedando dormido se incorpore varias veces para abrazarme, apoyar su cabeza en mi pecho o en mi cara y estar así un ratito. ¡A veces le oigo que suspira de felicidad!.
La siguiente fase fue dormir cerca de mi, no de su padre. Aunque suele dormir en el centro de la cama, entre los dos, algunas noches le hemos puesto en un lateral (con la barrera de la cama de ese lado) para poder estar juntos nosotros. Desde hace ya un par de semanas al rato de hacerle eso se despierta, se incorpora en la cama, se da cuenta de que está cerca de su padre y que yo estoy lejos y entonces se lanza en plancha sobre él para deslizarse de nuevo entre ambos y volver a estar cerca de mi.
Lo último es el dormir conmigo como si fuera una lapa. Anoche se pasó hora y pico cogiéndome la cara con ambas manos, intentando morrearme, chupándome la nariz, abrazándome… Cuando ya me dolían los mofletes de tanto amor, decidí darme la vuelta pero, ¡qué mala idea!. Se agarró a mis pelos con todas sus fuerzas, esta mañana me he levantado que me dolían las raíces de tanto tirar. Por no hablar de que nos hemos despertado los dos con las caras juntas, sudando de ese lado de la cara, y con las marcas propias del uno en el otro.
Me encanta el amor, ¡tengo tanta necesidad acumulada de estos meses!. Pero si lo repartiera durante el día y pudiéramos dormir un poco más tranquilamente por la noche no estaría mal tampoco, que ¡yo para dormir necesito espacio y poder dar vueltas a mi aire!.