Ayer por la tarde vivimos probablemente una de las situaciones más extrañas desde que frecuentamos el territorio parque.

Nada más llegar a la zona donde solemos ir siempre, apareció un niño mayorcito, majísimo, educado, amable, de esos que adoran a los bebés. Fue ver a mi hijo e irse corriendo hacia él como si se acabara de encontrar al Gormiti más chulo abandonado en el parque. No hacía más que achucharlo, cogerlo en brazos para hacerle el avión, ayudarlo a subirse a la casa… Vamos, que de tanto amor terminó poniéndose pesadito y no le dejaba hacer nada: ni subirse a la casa, ni trepar por si mismo, ni tirarse del tobogán. No había forma de que se despegara de él.

Mientras esto sucedía acamparon en el parque infantil la típica panda de botelloneros matones trapicheantes, de estos que dan miedito. Cuando digo acampar, quiero decir que literalmente tomaron los bancos, los balancines e incluso llegaron a subirse en la casita por la que trepaban mi hijo y el niño majo.

Un olor a disolvente (o pegamento) empezó a invadir el parque mientras lo único que podía escucharse era el abrir de cervezas y la conversación acerca de las putas y la edad que tenía cada uno (ninguno mayor de 15 años)… Sin palabras.

En otras circunstancias, por ejemplo, si me pilla sola en el parque, arramplo con el niño y me voy de allí. Pero ayer no había forma de arrancar a mi hijo de los brazos del niño amoroso que, para estupor nuestro, era conocido/amigo de la banda de matones.

Al final, aprovechamos un despiste con la pelota para coger al nene y salir pitando.

Desde ayer no he dejado de pensar en el niño majo y en qué pintaba con esa gente pasando la tarde sin ningún padre a la vista. Hay muchas razones para no abandonar a los niños en los parques y para controlar su actividad incluso cuando crecen y se hacen autónomos. Y creo que lo que vimos ayer es una de las más evidentes.