Quien crea que los niños no te la pueden liar en un segundo… ¡es que no tiene niños! Con la llegada del verano los niños son felices en el agua. La playa o la piscina son el sitio más refrescante para pasar horas y horas e inventar cientos de juegos divertidos. Y es genial pero a mi, que soy muy precavida, siempre me ha parecido un sitio peligroso. Pues bien, hay un riesgo que muchos padres desconocen y del que yo tampoco sabía hace unos años: el ahogamiento secundario.

Os lo cuento hoy porque hace apenas unas semanas hemos tenido en nuestro entorno un accidente que es el claro ejemplo de este riesgo: El pequeñín de unos conocidos tuvo un incidente en la piscina en el que le recogieron ya flotando boca abajo del agua. Afortunadamente el niño no llegó a ahogarse, pero el susto fue importante, ¡os podéis imaginar! Superada la situación, y con el niño teóricamente en perfecto estado, me imagino que la mayoría de los padres no harían nada más. Por suerte, el accidente se produjo en un sitio con gente bien preparada y enseguida le pidieron a los padres que llevaran al niño al hospital para prevenir el ahogamiento secundario.

 

¿Qué es el ahogamiento secundario?

No hay peligro si el niño traga un poco de agua, por ejemplo si al niño le entra por la nariz al tirarse de bomba o si estáis jugando y se atraganta sin querer.

El riesgo del ahogamiento secundario se produce cuando los pulmones del niño se llenan de agua. Esto puede suceder cuando, como el caso que os cuento, sacan al niño inconsciente del agua y nada más salir se le reanima y expulsa líquido. Es lo que se llama casi ahogamiento.

Aunque pensemos que ha expulsado todo el agua que tenía en sus pulmones, una parte más o menos significativa puede quedar dentro, produciendo inflamación y edema.

Si tras reanimar al niño no hacemos nada, corremos el riesgo de que éste sufra un ahogamiento secundario por el agua que permanece en sus pulmones. Estamos ante un enemigo silencioso, es decir, que no presentaría síntomas inmediatamente sino con el paso de las horas, incluso días.

El ahogamiento secundario produce una reducción paulatina del oxígeno en sangre por edema en los alveolos pulmonares, que puede tardar en presentar síntomas incluso más de 48 horas después del accidente. Durante ese tiempo el niño puede parecer que está bien. Pero una vez que notemos que al niño le sucede algo, puede ser demasiado tarde. Estamos hablando, tristemente, de riesgo para la vida del casi ahogado o de secuelas muy graves, sobre todo neurológicas.

Por eso, la recomendación es que si ha habido un accidente en el que un niño (o un adulto, vaya) casi se ahoga, aunque se encuentre perfectamente y tenga ganas de que la dejen tranquilo, lo oportuno es acudir a Urgencias para que evalúen su estado y permanezca unas horas en observación.

 

Ojalá no tengamos ningún susto. Ni este verano ni ninguno. Ni nosotros, ni vosotros ni nadie. Pero como los niños son niños, nunca está de más conocer el riesgo de ahogamiento secundario y tener aún más cuidado con los niños en las piscinas.

Más info | Ahogamientos y casi ahogamientos en niños – Revista Anales de Pediatría

Foto | Jade Alexandra Allen en Flickr CC