Si me preguntaran qué mes podría suprimir tranquilamente del calendario diría: agosto.
Un mes donde lo único que se puede hacer es pasar calor. Donde las tiendas cierran, incluso en Madrid capital, y una mañana te encuentras que no puedes ni comprar el pan sin tener que coger el coche. Donde vas al médico a por recetas y te encuentras un sustituto que te pone veinte mil pegas y además se niega a hacerte más de una, por lo que tendrás que volver en 20 días. Donde te haces unas pruebas y tienes que esperar hasta septiembre para que te vea el especialista (en la medicina privada, en la pública tendrías que esperar hasta septiembre del año siguiente, claro). Donde esperas al autobús 30 minutos o te montas en un metro sin aire acondicionado porque la cosa es que te sientas igual de apretujado e incómodo que el resto del año.
De pequeña le preguntaba a mi madre cómo se le había ocurrido traerme al mundo en este mes tan absurdo. No celebré mi cumpleaños más que una vez en toda mi infancia / adolescencia. No recibía regalos, nadie venía a verme, nadie me llamaba. Nadie se acordaba. Como si no fuera mi cumpleaños. Lo bueno es que con el tiempo me fui acostumbrando y cuando llegué a los 20 me importaba ya un bledo cumplir un año más, que alguien se acordara o que alguien me hiciera algún regalo. Ya daba por hecho que yo me pasaba el año haciendo regalos y felicitando a gente para que luego llegara el mío y pasara sin pena ni gloria (aunque alguna vez me he preguntado si a nadie le extrañaba llegar a diciembre y que nunca hubiera sido mi cumple).
Este agosto es distinto a los demás. Este año está mi bebito con nosotros, celebraré mi cumpleaños con él. Aunque también es el agosto que pasará a la posteridad como el mes en que mi hijo perdió a una de sus bisabuelas. Así que creo que casi fue mejor el agosto del año pasado, que tenía la ilusión de estar próximo su nacimiento y, al mismo tiempo, encontrarme yo mejor físicamente. 
Este verano entre los dientes, el calorazo, la frustración constante y la imposibilidad de ir a ninguna parte sin derretirse no dejo de pensar en que llegue el invierno. Un invierno que tampoco quiero que llegue, porque el invierno significa guardería, virus y entorno laboral poco halagüeño.
Así que en estos días tengo el regustillo de que todo lo bueno se acaba y lo que está por llegar no sabemos cómo será.