Va camino de un año que padecemos los escapes… Creía que era menos, pero lo he comprobado: la primera entrada que escribí sobre el tema es de mediados de febrero de 2011. En aquel entonces el problema era la gran cantidad de agua que bebía, o al menos eso pensaba yo. Hemos tenido alguna racha buena, alguna que otra semana sin ningún escape, pero desde entonces las fugas han sido frecuentes hasta llegar al punto en el que nos encontramos: escapes a diario. Y muchos días no sólo uno, sino dos, incluso tres.

Hace algo más de un mes le pasé a la talla 5 de pañal. Ahí tuvimos una racha buena y creí que el problema quedaría solventado durante un tiempo. Pero tras unas pocas semanas buenas, los escapes han vuelto con tanta fuerza que estoy saturada de cambiar ropa varias veces al día y quitar pañales que pesan tres kilos. A estas alturas, tengo clara la razón: no hay pañal en el mundo que aguante sus meadas. No es cuestión de que le deje mucho tiempo con el pañal, ¡si gasto casi los mismos pañales que con un recién nacido!. Es un problema de que sus pises son de niño grande y uno sólo basta para dejar a reventar incluso un pañal recién estrenado. Sólo así se explica, por ejemplo, que recién levantado por la mañana y con un primer pis ya hecho, se cale hasta los calcetines y deje un charco en el suelo.

Este post es un post de desahogo… porque solución a corto plazo no tiene. Tras un muy buen acercamiento al orinal en el mes de julio, ahora no lo quiere ni ver. A veces se sienta de motu propio y dice pissssss pero cuando le bajo los pantalones sale corriendo por el pasillo al grito de socorro, socorro, help me. No está preparado. Y mientras siga con el pañal seguirán los escapes.

Santa paciencia… ¡y bendita lavadora!.