Aunque mi cumpleaños es hoy (¡yuju!), lo celebramos ayer por la tarde con mis padres y mis abuelas, que vinieron a casa a ver a mi niño a merendar.
Cada año la idea de celebrarlo me da más pereza. El año pasado estaba de casi 33 semanas, incomodísima y con dificultades para respirar, una situación física que me dejaba pocas ganas de celebrar nada. Y este año pospuse hablar del tema hasta finales de semana y si me descuido se me olvida hasta comprar una tarta. Y es que con tan poca familia, cada uno a su bola y mi hijo siendo el protagonista absoluto de todo (lógicamente), ha perdido mucha gracia.
Aún asi no estuvo mal y eso que el bebito tuvo la tarde bastante torcida. Comimos tarta Sacher y recibí unos cuantos regalos, entre ellos un bolso, que me va a venir estupendamente. El regalo de mi marido ya os lo contaré con más detalle, ¡es genial!.
Lo peor de estas reuniones con mi familia es que cuando nos quedamos a solas me da el bajón y me siento triste. Porque es siempre lo mismo, esa sensación de ser familia pero con poco entendimiento, sin identificación, con apenas nada en común… Y es que nada más entrar por la puerta ya estaba cada uno con sus cosas: una de mis abuelas dando lecciones de puericultura (del siglo pasado, claro), mi madre histérica con que el niño no se diera un golpe o se llevara las manos sucias a la boca, caras de reproche por dejar al niño hacer ciertas cosas… lo clásico, vaya.
Lo realmente bueno y asombroso de este cumpleaños de 2010, sin lugar a dudas, no es tener un año más sino ¡tener un hijo que va camino de 11 meses!.