Hace una semana que el nene cumplió 22 meses. ¡Cuando me quiera dar cuenta estaremos encendiendo las velas de la tarta de su segundo cumpleaños!.

Hace unos días aproveché que estaba de pie bastante quieto e hice una medición aproximada de su altura: unos 85 u 86 centímetros. Eso confirmaría lo que llevo unos meses pensando, que ya no está tan alto como lo estaba hace tiempo. Esa altura estaría más o menos en un percentil 50 cuando ha estado siempre en un percentil 75. Pero, vamos, que no sólo no me extraña sino que me parece lo lógico teniendo unos padres normales tirando a bajitos; no espero que sea alto.

En cuanto al peso, debe haber superado los 11.500 kg. Esto confirmaría también que ha adelgazado un poquillo y que sigue siendo un fideo… De hecho, cada vez se parece más a su padre, ¡ya me le imagino con un par de años más como esos típicos niños con patitas de alambre!.

El mes de julio no ha sido un mes de grandes cambios, desde luego no tan importantes como los de junio.

Ha aprendido nuevas palabras y expresiones, una de las últimas más graciosas es “cajco” y la utiliza perfectamente en el contexto, con lo que nos partimos de la risa (por ejemplo, cuando le quitamos las zapatillas al venir del parque y tiene los pies sudados y llenos de tierra). Sigue usando mucho su lenguaje incomprensible y si antes hablaba sin parar, ahora no calla desde la mañana a la noche. La diferencia es que ahora en ese farfulleo va intercalando todas las palabras que conoce, por lo que poco a poco nos vamos entendiendo mejor. A veces nos suelta el discurso y se nos queda mirando para que contestemos y me da una pena enorme tener que decirle que sí como a los tontos o explicarle claramente que no le hemos entendido, ¡pobre!.

En cuanto al carácter, se nos está poniendo un poco adolescente, lo cual no me hace mucha gracia porque parece que salimos de una racha mala para meternos en otra peor. Empiezo a entender por dónde van los tiros de la famosa crisis de los dos años, de la que desde luego no nos vamos a librar. Pero esto casi que lo contaré en otro post porque podría ser bastante largo.

Parece que quiere empezar a bailar. Le gusta la música e intenta moverse e imitar algunos movimientos pero no acaba de salirse. Nos reimos mucho cuando lo intenta e intentamos animarle a que siga probando.

Creo que no está lejos el día en que empiece a saltar, ya parece que hace sus primeros intentos.

En el plano físico ha avanzado bastante. Se sube muy bien a las casitas de los parques, trepa por sitios que nunca me hubiera imaginado y cada vez pide menos ayuda.

Está muy sensible. No le gusta nada que le hablen o le traten mal y cuando alguna vez ha pensado que nos reíamos de él (y no con él) ha hecho un puchero enorme y se ha puesto a llorar. Así que hay que tener cuidado cuando nos reímos de alguna gracia que haya hecho para que se de cuenta de que nos ha gustado y no piense que nos estamos burlando de que no le salga del todo bien.

Sigue teniendo bastante ambivalencia de sentimientos; es algo que hay que seguir trabajando en atención temprana. Sigue siendo habitual que se ría cuando realmente quiere llorar, como si lo hiciera por compromiso. Y a veces está disfrutando de algo pero al instante se pone a llorar y luego se ríe de nuevo… esto nos ha pasado hace nada, por ejemplo, cuando fuimos a ver a Pocoyó a un centro comercial. Nada más verle le saludó con la mano y le tiró besos para a continuación echarse a llorar cuando los niños gritaban que a la pregunta de si querían que Pocoyó bailara. Creo que le asustaba lo alta que estaba la música y lo grande que era el muñeco pero me pareció que estaba muy confundido. Al final dijo “papaaaaaaaá” y le tuve que sacar de allí corriendo con su padre porque no quería seguir viendo el espectáculo.

Ha sido un mes tranquilo, de consolidación. No nos podemos quejar, el verano está siendo muy bueno.