Después de la última reorganización nocturna, estamos durmiendo de miedo. Sí, nuestra nueva distribución a la hora de dormir pondría los pelos como escarpias a más de uno, pero desde que dejamos de insistir en dormir tres en una misma cama y cada cual optó por lo mejor para su descanso, estamos en la gloria, aunque eso implique que el padre de la criatura haya pasado a dormir en la habitación del niño y haya acabado estrenando la que iba a ser su cama y sus preciosas sábanas de marcianitos.

Mi marido ha recuperado un espacio del que hacía años que no disfrutaba (pues según él yo robaba más espacio en la cama que el nene), puede roncar a pata suelta, nadie le da cabezazos ni patadas y ni se entera de si el niño se despierta, por lo que duerme del tirón.

Yo tengo el gusto de dormir en más de un metro de cama, dando todas las vueltas que me apetece, no escucho ronquidos y, como hay más espacio, también he dejado de recibir golpes. No me entero ni de cuándo le suena el despertador para irse a trabajar.

Mi hijo ha empezado a dormir más separado de mi, muchas veces en el extremo contrario, pero puede venir todas las veces que lo necesita a pedirme amor (literalmente) o que le coja a mano, sin tener que saltar el obstáculo central que dormía como un tronco (o lo simulaba) hasta entonces entre nosotros.

En definitiva: todos contentos. De hecho, esta temporada está siendo la mejor en cuanto a términos de colecho… tanto que la estoy disfrutando: me gusta dormir con el niño, me gusta muchísimo. Me gusta que me necesite, me encanta darnos mimos durante la noche, adoro ver su carita mientras duerme. Y puedo dormir bien porque ya no se mueve tanto y ha empezado a dormir en posturas más normales, ya casi no se despierta ninguna noche llorando y desde luego ocupa mucho menos que un adulto.

En mis planes (estos planes que uno hace para luego no cumplirlos) estaba el irle pasando a su cama y a su habitación. Me había puesto como fecha las Navidades. Pienso (o pensaba, no lo tengo claro) que cuando nazca su hermano, es mejor para él dormir solo en su habitación, para que no se despierte con los llantos, con la luz que tendré que encender para cambiar pañales… Y, lógicamente, esto es algo que es mejor hacer antes de que nazca, para evitar asociaciones negativas.

Pero ahora mismo no lo tengo claro. Llegado al punto de poner en práctica el plan, ni lo veo claro ni me apetece ni estoy convencida de que sea lo mejor. Por un lado, mi hijo sigue necesitando dormir acompañado. Sigue con el radar activado y se da cuenta hasta de las veinte veces que me levanto cada noche para ir al baño y su rutina de sueño incluye estar conmigo. No está preparado para dejar de colechar y me hubiera gustado que fuera él quien lo pidiera, no quiero ser yo quien fuerce la separación y me parece extremadamente contraproducente. Por otro lado, si se despertará o no cuando el nuevo bebé esté en la misma habitación es algo que no podemos saber hasta que suceda. ¿Quién dice que quizá entonces no sea él mismo el que prefiera irse a una habitación menos bulliciosa?.

Así que el plan ha quedado en stand by. No sé qué haré. Creo que lo dejaré fluir.