Me siento muy afortunada por no haber visto a mi hijo malo ni una sola vez en sus 11 meses y medio de vida. Muchísimo. Pero también he sido muy consciente de que la enfermedad estaba al caer y que cuando entrara en la guardería sería cuestión de días. A todo el que me ha preguntado al respecto le he dicho que estaba convencida de que no pasaba del mes de septiembre que se pusiera malo.
Anoche se acostó a las 20h, como siempre. A las 21.45h se despertó llorando muy compungido, intentando devolver. Ver a un bebé intentando devolver en tus brazos pone los pelos como escarpias, ahora lo sé. No vomitó y se volvió a dormir, media horita. De nuevo llanto. Hemos pasado toda la noche siguiendo este patrón: dormir 30-45 minutos, llorar a moco tendido 30-45 minutos. A las 4 de la mañana aparecieron los mocos, no sé si fruto de tanto llorar o de algún virus. Preocupada por tanto llanto y tan fuerte, le di paracetamol y se durmió, a mi lado, respirando con dificultad por la nariz, desde las 04.30h. hasta las 07.10h. A partir de ahí no ha querido dormir más, ha desayunado y se ha comportado con normalidad. Salvo por los mocos, muy acuosos, resbalando de contínuo. 
Como no tenía fiebre, no estaba decaído y no sé hasta qué punto esa congestión es de costipado o de llorar, le he llevado a la guardería. V. me ha comentado que hoy ya faltaban varios niños porque estaban malitos y los demás estaban con mocos. Así que mucho me temo que vamos a estrenar ese famoso dicho que dice que los niños siempre se ponen malos en fin de semana.
Por si acaso, a las 18.50h tenemos cita con la pediatra. Y yo, después de hacer veinte recados corriendo esta mañana, me voy a meter en la cama, sí, a las 11 de la mañana, porque estoy que me caigo y preveo que el fin de semana va a ser de aúpa.
Ya veremos…