Me encantó leer ayer en el blog de Una mamá española en Alemania esta frase: 
De los 8 a los 12 meses es, definitivamente, la peor edad para viajar con niños: no juegan, sino que exploran, no quieren brazos, no valen los chantajes… Lo único que puedes hacer es conseguir que esté tan cansado que duerma las 2 horas y media de vuelo

Me sentí tan comprendida que me emocioné, si la llego a pillar cerca la hubiera dado un abrazo y un gracias como una catedral de grandes.
Cuando el bebito cumplió los 5 meses, no sé si alguien se acordará, empezó a chillar como un pequeño demonio. Fueron un par de meses espantosos porque reclamaba todo a grito pelao y cuando lo hacía en la calle uno enrojecía hasta la raíz del pelo. Pero aquello se le pasó a los 7 meses, afortunadamente.
Pero eso, que la paz duró poco y los gritos fueron sustituidos por algo peor (al menos más irritante). Ahora esto que tiene es frustración pura y dura, expresada con quejidos, lloriqueos, grititos, chillidos, berridos, llanto y rabietas.
Desde los 7 meses en adelante, mi hijo se ha puesto en un plan que no se le puede llevar a ninguna parte que implique detener el carrito. Ni aguantar una cola en la galería comercial, ni tomarse un café, no digamos ya sentarnos a comer. Lloriquea, quiere bajarse del carro, no quiere estar en brazos, intenta ponerse de pie en el carro, intenta tirarse de cabeza, intenta alcanzar todo lo que pilla, si le coges en brazos y se conforma pega manotazos a todo y todos, si no le haces caso o le llevas la contraria gimotea, empieza a chillar y finalmente llora con un cabreo de tres pares de narices. 
Como se suele decir “esto es pa’verlo“. Mi madre no acababa de entender mi negativa a ir a comer a ningún sitio hasta que el 1 de julio fuimos a las rebajas y me invitó a comer a un sitio caro de Madrid. El bebito montó una de las suyas, no especialmente gorda, pero sí especialmente vergonzosa, más que nada porque mi madre estaba deseando terminar la comida para evitar las miradas acusadoras de todos los ejecutivos que poblaban ese día el restaurante. Ni qué decir tiene que comimos más deprisa que un pavo y a mi hasta me sentó mal, no sólo por el estrés de intentar contener al niño con una sola mano sino por los caretos de mi madre y del resto de los allí presentes.
Hay días que me agota. Acaba el día y me siento mal de estar tan aliviada porque se haya dormido, pero realmente es una liberación. Aguantar a un niño todo el día protestando es muy duro. Si no como mientras duerme, ya sé que no podré comer sin escuchar sus quejidos, protestas y llantina. Muchos días ni como, o como a toda velocidad.
Antes se calmaba en la calle, ahora sólo se calma si el carro está en marcha; como pares te has caído con todo el equipo. Y dentro de casa, como digo, hay días que es para tirarse por la ventana: no quiere brazos, no quiere mimos, no quiere agua, no quiere pan, no quiere que le dejes en el suelo, le coges y te pega patadas en las costillas… ¡¿pero qué es lo que quiere?!.
Si no fuera porque ya he hablado con un par de personas que me han tranquilizado, diciéndome que esta etapa hasta los 12-15 meses es muy dura para algunos niños porque saben que pueden hacer muchas cosas pero se frustran porque no las consiguen, estaría muy preocupada. Mi marido y yo a veces nos preguntamos mutuamente “esto es normal, ¿no?“. Y, sí, supongo que es normal, que algunos niños serán más inquietos y se frustrarán más que otros, pero, madre mía, con razón dicen que hay que ser joven para tener niños…
Lo único que quiere es que le tenga de pie y que le deje en el suelo. Y últimamente ya ni se conforma con eso, porque no sólo quiere estar de pie, quiere andar y como no sabe, no hace más que quejarse.  Por no hablar de los trastazos que se pega, que no acaba de curársele un chichón cuando ya tiene otro. Tengo el ñiiiiiiiiiiii ese que hace cuando se queja tan metido en las meninges que lo oígo hasta de noche, como si fuera el pitido ese que uno escucha en los oídos cuando sale de una discoteca.
Supongo que esta es la otra cara de los hijos, ¿no?. Que son dulces, tiernos, totalmente comestibles y muy adictivos, pero también son intensos y agotadores. Luego les ves dormir y piensas: jo, si es un angelito.