Siempre que nos encontramos con alguien, sobre todo si es la primera vez que ve al niño, lo primero que hace es buscarle parecidos. Debe ser una convención social porque todos lo hacemos, yo la primera. Ahora, hay gente que se toma la tarea muy en serio: las primeras semanas que salía con mi hijo me paraban señoras desconocidas, amigas o conocidas de mi suegra, para asomarse a ver al niño y dar su veredicto (vaya, ¡casi podría ser un grupo de facebook!: “señoras que paran a recién paridas que no conocen para cotillear sobre el niño”… y no, no vivo en un pequeño pueblecito, vivo en un barrio de Madrid, pero es que ¡hay barrios que son casi peor que un pueblo!).
Nosotros damos poco juego porque mi hijo es un mini-papá. El parecido es tan asombroso que si ponemos juntas una foto de mi marido y de mi hijo, ambos con la misma edad, pueden pasar no sólo por hermanos, sino por gemelos.
Lo curioso es que yo soy muy parecida a mi padre y a mi abuela paterna y muchas veces nos preguntamos qué genes aportó mi madre a la mezcla. Quizá es que las madres de mi familia sólo ponemos el útero y tenemos unos genes muy pacíficos, que enseguida le ceden el sitio a los del macho alfa. 
Menos mal que a mi me da lo mismo. Hay gente que, un pelín avergonzada, me dice: “perdona, pero es que es clavado a tu marido“. Y yo contesto: “no pasa nada, no me importa, ¡es la verdad!“. Porque para mis adentros pienso: qué más dará a quien se parezca, si el niño es mío, mío y sólo mío