Esta entrada es la segunda parte de la de ayer.
Como la gente prefiere, claramente, a las niñas, tooooodo el mundo espera que ese bebé al que saludan sea una niña. 
A diario:
– Qué niña tan guapaaaa!.

– Mírala, qué bien va en su sillita, mirándolo todo.

– Hola, bonita, ¿cómo te llamas?.

– Ay, ¡qué blanquita la nena!.
Y yo pienso. Pero vamos a ver, vamos a ver. ¡Señora, gradúese la vista!. ¿Es tan complicado darse cuenta de que NO es una niña?. No lleva nada en el pelo (de hecho tiene muy poco pelo, si fuera niña no habría donde engancharle nada), ni lleva pendientes, no lleva nada rosa, ni va con falda, lleva una camiseta con un camión, los zapatitos son de niño, en la silla de paseo lleva un volante, vamos, ¡blanco y en botella!.
Puedo comprender que cuando el bebé va en el capazo y es un recién nacido haya alguna duda. No he abusado nunca del azúl-bebé pero alguna vez le he llevado con él, ¡ni por esas!. Aunque lleves al niño todo de azúl, sigue siendo una niña. Bueno, puede pasar. Pero conforme va creciendo el niño, ya va en la silla sentadito, yo creo que es evidente si es niño o es niña. 
La primera vez que comentan algo en femenino, hago como que no he escuchado nada. La segunda ya les corrijo y me dicen cosas como: 

– Ay, es que es tan mono.


– Ay, es que con ese pelito rubio.

– Vaya, es que con la carita tan redondita que tiene.

– Como es tan blanquito.
Me pregunto qué espera la gente de un niño. ¿Qué sea feo?. ¿Qué tenga el moreno de Luis Rollán?. Y en cuanto a la carita, ¿cómo quieren que la tenga? ¿cuadrada?.

Mi marido tiene la teoría (¡sí!, ¡resulta que mi marido tiene teorías sobre los bebés!) de que cuando un bebé es guapo, siempre se cree que es niña y eso es que de mayor va a ser un niño muy guapete. Claro que también tiene la teoría de que los bebés bonitos se convierten en adultos feos (y nos pone a él y a mi de ejemplo, tócate…).

Al final estamos en lo de siempre. Si uno tiene dudas sobre qué decir, ¡mejor no decir nada!.