No soy de mucho dormir y tampoco soy de esas personas que son capaces de dormirse en cualquier sitio y en cualquier circunstancia. Mi marido en cambio es de los que se duerme hasta de pie y apenas toca la almohada ya está frito, no tarda ni 5 minutos. Le envidio.
Periódicamente he tenido dificultades para dormir, rachas malas en las que no logro conciliar el sueño con facilidad, no duermo las horas necesarias ni con la profundidad que necesitaría y, consiguientemente, el cansancio y la irritabilidad hacen mella. Es un círculo vicioso del que es complicado salir.
Desde hace más o menos un mes mi hijo ha cambiado sus rutinas de sueño. Ha pasado de dormirse a las 20.30h como muy tarde y sin problema alguno a tener que meternos nosotros en nuestra cama con él en medio y esperar hasta que se duerma en nuestra compañía para entonces llevarle a su habitación y poder cenar, recoger y acostarnos. La hora media actual de acostarse son las 22h, casi dos horas más tarde de lo habitual
Él ha cogido pronto esa nueva rutina pero a mi me está costando bastante más adaptarme. Para dormirle tenemos que estar, de media, unos 3/4 de hora en la cama con él, precisamente a la hora en que deberíamos estar cenando. La opción de cenar todos juntos a día de hoy no es viable porque sigue desayunando, comiendo y merendando muy pronto y no aguantaría hasta esa hora. A partir de las 20h está que se cae de sueño, eso no ha variado. La diferencia está, simplemente, en que antes le posabas en su cuna y caía frito y ahora necesita estar casi una hora con nosotros, cabeceando y dando patadas, para poder conciliar el sueño. Sin este ritual, tenemos asegurado los llantos desoladores y todas las papeletas para un perraque.
Al final muchas noches no cenamos. Ayer, por ejemplo, el nene se durmió a las 23.45h, parecía que había cenado un café doble. Ni cenamos, ni recogí la cocina ni de . Cuando por fin cae rendido, yo estoy tan cansada que ya no tengo ánimo de hacer nada de lo que tengo pendiente. 
Y es ahí cuando empieza mi insomnio. Me meto en la cama porque es tarde y estoy destrozada pero me pongo a pensar en todo lo que tengo pendiente, en todas las cosas que no he hecho, y me empiezo a poner nerviosa. Le oigo hacer algún ruidito, me levanto a mirar. Me meto de nuevo en la cama y me acuerdo de algo que no miré en Internet y era importante o algún correo que he dejado sin contestar. Dudo si levantarme o no, me pongo más nerviosa…
Muchas noches opto por no meterme en la cama por muy cansada que esté. De hecho, cuando se duerme sobre las 22h, normalmente tengo un rato de resurgimiento, donde me pongo frenética a hacer todo lo acumulado. Supongo que me paso de revoluciones, porque es habitual que me den las 2 de la mañana.
En estas condiciones, es normal que el poco rato que duermo, encima, apriete la mandíbula. Me acuesto tensa, el sueño no es de calidad y por la mañana parece que me ha pasado un tráiler por encima.
Menos mal que a fuerza de pasar por estas rachas ya se que son cosa de unos meses. Hasta que un día ya esté tan rendida que el cuerpo me pida una cura de sueño y vuelva a regularizarse. Pero hasta entonces… ¡qué aburrimiento!.