Mis padres nunca han sido niñeros. Quizá mi padre más que mi madre, pero nunca han sido de este tipo de gente que es ver un bebé y abalanzarse sobre él.
Mi madre dice que cuando sacaron a mi hijo y se lo pusieron a mi marido en brazos lloró de alegría y de alivio, de ver que todo había salido bien y tanto el niño como yo estábamos bien.
Ahí empezó su historia de amor. Ella no se lo esperaba. Siempre le dice: ¡pero cómo te puedo querer tanto yo a ti!. Y con los ojos empañados me cuenta que nunca pensó que se pudiera querer tanto a un nieto, que pensaba que los demás abuelos que estaban así de locos es que estaban ya chochenando. Pero no, ahora sabe que no. Lo besa, lo achucha, lo abraza. Pregunta a todas horas por él, siempre lo tiene en la mente, es su “quita-penas”. Se pasa la semana esperando que llegue el sábado para venir a verlo y siempre le trae alguna cosita, no puede resistirse. 
Mi bebito saca lo mejor de nosotros. Y yo, que nunca les he visto así, estoy encantada.