No dejo de pensar en cómo cambia la percepción del tiempo a lo largo de nuestra vida. Cuando somos niños las horas pasan despacio, los veranos parecen eternos. Según crecemos, el reloj va metiendo el turbo y muchos buenos momentos de la vida se escapan a toda pastilla. Es lo que ha pasado con estas vacaciones, que lo que ha ocurrido en una semana ha aparentado ser solamente un par de días. Cuando ya estábamos asentados y disfrutando plenamente, toca volver. ¡Así es la vida!.

Mañana a estas horas estaremos ya en el tórrido Madrid, donde todo nos parecerá diminuto y mucho menos luminoso. La playa tiene algo que da vida y libertad, algo de lo que desde luego carece la gran ciudad. Pero no me quejo, como bien dice mi padre (medio en broma, medio en serio), “no se os puede sacar a ningún sitio“, es decir, que aún disfrutando mucho las vacaciones, siempre echo de menos mi cama y mi almohada, mi cuarto de baño, comer mis propias comidas… en fin, todo eso que se llama hogar.

Mi hijo ha crecido mucho en esta semana. Hoy cumple 21 meses y no sé si fruto del cambio de aires o de la madurez lógica del paso del tiempo, en estos días ha cambiado muchísimo. Está muy salao, volvemos a casa con varias palabras y expresiones nuevas como un “¡hala, sá caío!” que nos mondamos de la risa, hoy estaba atento incluso a los aviones que sobrevolaban la playa… Reconozco que estoy deseando ver a M. el lunes y contarle los avances, sé que se alegra tanto como yo y que estará feliz de ver los progresos.

He pensado mucho en esta escapada, tengo mucho que contar. Me han venido genial estos días y aunque el verano me abrume por el calor, tengo ganas de disfrutarlo. Feliz es la palabra que define mi estado de ánimo ahora mismo.